Rumanía, el milagro industrial de Europa lastrado por su déficit crónico

by Marisela Presa

En apenas dos décadas, el país que durante años fue sinónimo de retraso industrial en el flanco oriental de Europa ha completado una de las transformaciones más asombrosas del continente.

Rumanía ha encontrado con su pertenencia a la Unión Europea un trampolín para diversificar una economía que hasta los años noventa dependía casi por completo de una industria pesada obsoleta, y hoy se yergue como un actor de primer orden en sectores tan diversos como el automovilístico, el tecnológico y el agroalimentario.

Lo más destacado del año 2025 ha sido la plena adhesión de Rumanía al espacio Schengen, que entró en vigor el 1 de enero de ese año y supuso la eliminación de los controles fronterizos terrestres, después de más de una década de espera y un veto de dos años por parte del Gobierno austríaco, según informó France 24.

El fin de las largas esperas en los pasos fronterizos ha convertido a arterias como el paso de la llanura panónica o el cruce del Danubio en corredores fluidos hacia el corazón de la UE, un cambio logístico que los exportadores rumanos llevaban años reclamando y que ya empieza a reflejarse en una reducción de los costes de transporte.

El motor que impulsa esta economía es, sin duda, la industria automotriz, que genera alrededor del 13% del Producto Interior Bruto del país y sitúa a Rumanía como líder regional en la exportación de componentes, que suponen el 26% de todo lo que el país vende al exterior, según datos del sector recopilados por la Asociación de Fabricantes de Automóviles Rumanos (ACAROM).

La firma Dacia, propiedad del grupo Renault, sigue siendo el buque insignia en su factoría de Mioveni, pero el ecosistema automovilístico se ha ramificado hacia todo el oeste del país, donde operan gigantes como Ford en Craiova y Bosch en Cluj-Napoca, así como cientos de pequeños proveedores de piezas y sistemas.

A este pujante sector se suma una industria tecnológica que factura ya más de 15.600 millones de euros al año y crece a un ritmo cercano al 12% anual, según estimaciones de la consultora PwC Rumanía recogidas a lo largo de 2025. Mihaela Moes, delegada de la asociación española de empresas industriales internacionalizadas amec en Rumanía, explicaba en una entrevista concedida a ese medio en octubre de 2025 que «sectores clave como el químico, farmacéutico, energético, tecnológico y automotriz ofrecen espacios de crecimiento y colaboración para las compañías españolas», un interés que trasciende las fronteras comerciales y se adentra en el terreno de la inversión directa.

Precisamente el vínculo con España es uno de los más sólidos de la red comercial rumana.

Durante el mes de enero de 2026, Rumanía exportó a España bienes por valor de 186 millones de euros, lo que supone un incremento del 4,19% respecto al mismo mes del año anterior, según datos del Observatorio de Complejidad Económica procesados por la Cámara de Comercio e Industria de Rumanía.

Los productos que cruzan el continente de este a oeste son mayoritariamente automóviles (especialmente el Dacia Sandero y el Ford Puma ensamblados en el país), maquinaria, equipos eléctricos y componentes electrónicos, mientras que España envía a Rumanía vehículos industriales, productos químicos, cárnicos y bienes de equipo de alto valor añadido.

Este flujo se apoya además en una red humana de más de 620.000 rumanos residentes en territorio español a cierre de 2025, según el Instituto Nacional de Estadística de España, que actúan como correa de transmisión de hábitos de consumo, inversión en vivienda y transferencia de conocimiento.

Las relaciones políticas entre ambos países, definidas por el Ministerio de Asuntos Exteriores español en su último informe de país como «positivas y cooperativas en la última década», han permitido forjar un clima de confianza que se traduce también en inversiones rumanas en España por valor de 42 millones de euros acumuladas entre 1993 y 2024, aunque el verdadero potencial está aún por explotar, según coinciden ambas cámaras de comercio.

Sin embargo, este dinamismo industrial no debe ocultar las profundas grietas estructurales por las que se cuela la fragilidad macroeconómica del país. El déficit comercial rumano cerró 2025 en 32.743 millones de euros, lo que representa un 8,61% de su PIB, una proporción elevadísima para una economía que aspira a la convergencia plena con las grandes potencias europeas.

Las importaciones de bienes y servicios, que suponen el 34% de la riqueza nacional, superan ampliamente a las exportaciones, que se quedan en un 25,4% del PIB, según datos macroeconómicos del Banco Mundial recogidos por el portal datosmacro.com

El entonces Presidente electo Nicușor Dan, en declaraciones a la prensa local a mediados de 2025, advirtió de que el objetivo para el déficit presupuestario resultaba «optimista, realista» al fijarlo en un 7,5% de la producción económica, una cifra todavía muy alejada del 3% que exigen los criterios de Maastricht y que obligó al Gobierno socialdemócrata a subir el IVA del 19% al 21% a partir del 1 de agosto de 2025, una medida que los analistas consideran impopular pero necesaria.

Los grandes organismos internacionales siguen con lupa esta delicada transición. El Fondo Monetario Internacional, en su informe de octubre de 2025, rebajó sus previsiones de crecimiento para la economía rumana hasta el 1%, muy lejos del 3,3% que barajaba solo un año antes, en un contexto de inflación persistente que el propio Fondo sitúa en una media anual del 7,3% para 2025 antes de moderarse ligeramente al 6,7% en 2026.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) recortó aún más las expectativas al cierre del año, proyectando un avance del 1,3% en 2025 y de apenas el 1% en 2026, un frenazo que atribuye directamente a la subida del IVA y al congelamiento de las pensiones, medidas de ajuste que están erosionando el poder adquisitivo de los hogares.

El Banco Mundial tampoco ha sido más optimista y ya en octubre de 2025 redujo su pronóstico para el país al 0,4%, situando a Rumanía como una de las economías con menor crecimiento de toda la región de Europa del Este. Valentin Lazea, economista jefe del Banco Nacional de Rumanía, declaró en diciembre de 2025 a la agencia Reuters que «el país está pagando ahora la factura de un populismo fiscal prolongado, y el ajuste será doloroso si queremos recuperar la credibilidad ante los mercados».

A pesar de este sombrío panorama macroeconómico, Rumanía cuenta con un as en la manga que otros países de su entorno no pueden exhibir: su potencia agrícola.

El país cerró el año comercial 2025-2026 como el mayor exportador de cereales de toda la Unión Europea, según datos de la Comisión Europea correspondientes al mes de marzo de 2026, con unas ventas de más de 6,4 millones de toneladas que representan aproximadamente el 33,4% de todas las entregas intracomunitarias. Este liderazgo no es casualidad: Rumanía se ha consolidado como «el granero de la Unión Europea», gracias a unas condiciones climáticas favorables y a una superficie cultivable de más de 9 millones de hectáreas que le permite producir trigo, cebada y maíz muy por encima de su propio consumo, generando excedentes que abastecen a otros mercados comunitarios en momentos de escasez global provocados por la guerra en Ucrania y las sequías en el sur de Europa.

El Comité Económico y Social Europeo ha calculado que la economía rumana podría ahorrar hasta 2.500 millones de euros anuales en costes derivados de la reducción de barreras logísticas gracias a su entrada plena en Schengen, un ahorro que, bien gestionado, podría financiar parte de las reformas estructurales que el país necesita para equilibrar sus cuentas.

El camino para Rumanía durante el primer semestre de 2026 será, por tanto, el de conciliar su indudable pujanza industrial y agrícola con unos desequilibrios macroeconómicos que amenazan con frenar su ascenso. La integración plena en Schengen, la modernización de sus infraestructuras energéticas y digitales con fondos del plan NextGenerationEU (de los que Rumanía es el sexto mayor beneficiario neto, con más de 28.000 millones de euros asignados) y el aprovechamiento de su estratégica posición en el Mar Negro pueden ser las palancas que despeguen definitivamente a Bucarest hacia el club de las economías avanzadas de la UE. En este sentido, el puerto de Constanța, el más importante de Rumanía, se ha convertido desde el inicio de la guerra en Ucrania en la principal vía de tránsito alternativa para las exportaciones de grano ucraniano, lo que ha reforzado su papel geopolítico y económico en la región. Un club, el de las economías avanzadas, al que Rumanía pertenece de pleno derecho pero del que aún la separa una brecha de ingresos per cápita de casi 9.000 euros respecto a la media comunitaria, según Eurostat. Para lograrlo, los analistas coinciden en que no bastará con el crecimiento, será necesaria una cirugía fiscal profunda que discipline las cuentas públicas sin asfixiar el consumo privado ni la inversión extranjera, en un equilibrio tan delicado como el que sostiene la propia economía rumana. Como sentenció en enero de 2026 el comisario europeo de Economía, Paolo Gentiloni, durante su visita a Bucarest: «Rumanía tiene el potencial de ser el tigre económico de la próxima década en Europa, pero primero debe aprender a domesticar su déficit».

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