La última campaña de vigilancia de la Guardia Civil en carretera ha dejado cifras que invitan a la reflexión, por no decir a la preocupación más absoluta. Durante el mes de febrero, los agentes pusieron el foco en los vehículos pesados, esos gigantes de la carretera cuyo simple peso ya presagia tragedia cuando se ven involucrados en un siniestro. Y lo que encontraron no es precisamente tranquilizador: miles de infracciones que demuestran que, en materia de seguridad vial, el transporte profesional tiene aún muchas cuentas pendientes. Porque no se trata solo de perseguir al conductor que se salta un stop, sino de evitar que un camión de varias toneladas circulando en mal estado o con un conductor exhausto se convierta en un proyectil letal para el resto de usuarios de la vía.
Si hay un dato que debería hacer reflexionar a todo el sector es el de los tiempos de descanso. Casi 3.000 conductores fueron sancionados por no respetar las pausas obligatorias, una infracción que no es una mera cuestión administrativa, sino un riesgo tangible. Un conductor que acumula horas al volante sin descansar es un peligro público: sus reflejos disminuyen, su atención se nubla y las probabilidades de cometer un error fatal se disparan. Llama poderosamente la atención que, a pesar de las campañas de concienciación y de la gravedad de las consecuencias, haya todavía quien priorice llegar antes a su destino por encima de su propia vida y la de los demás. Y aquí habría que preguntarse si la presión de las empresas por cumplir plazos imposibles no estará detrás de muchas de estas decisiones temerarias.
Pero no solo de fatiga vive el riesgo. Los agentes se toparon también con un parque móvil en condiciones lamentables en muchos casos. Más de 700 camiones y una treintena de autobuses presentaban deficiencias técnicas graves, desde frenos en mal estado hasta neumáticos lisos o problemas en la dirección. La imagen de 46 vehículos inmovilizados en el acto por no reunir las condiciones mínimas para circular debería ser suficiente para encender todas las alarmas. Porque si es temerario que un turismo circule con los frenos averiados, ¿qué adjetivo merece un autobús lleno de pasajeros o un camión de gran tonelaje con los mismos problemas? La respuesta debería llevar a más de un responsable empresarial ante un espejo y, de paso, ante un juez.
Quizá lo más inquietante de todo sea comprobar que, en pleno siglo XXI, todavía haya profesionales que se pongan al volante de una máquina de varias toneladas después de haber consumido alcohol o drogas. Sesenta conductores dieron positivo en los controles, una cifra que debería avergonzar al sector. Porque manejar un camión o un autobús no es lo mismo que conducir un coche; la responsabilidad es exponencialmente mayor, especialmente en el caso de quienes llevan pasajeros a su cargo. El alcohol y las drogas alteran la percepción, eliminan la sensación de riesgo y retardan la capacidad de reacción, una combinación letal cuando se viaja al volante de un vehículo de gran porte.
Entre el exceso de velocidad, con 466 denuncias, las irregularidades en la carga, que sumaron más de 400 sanciones, y los casi mil conductores que circulaban con la documentación incorrecta, el balance de la campaña dibuja un panorama desolador. Por no hablar de los 257 casos de manipulación del tacógrafo, ese dispositivo diseñado precisamente para controlar que se cumplan los tiempos de descanso. Los datos demuestran que la Guardia Civil no hizo sino su trabajo, pero también evidencian que el camino hacia una seguridad vial superior en el transporte profesional está lleno de baches. No basta con campañas puntuales; hacen falta más controles, sanciones ejemplares y, sobre todo, una concienciación real que empiece en los conductores pero que alcance también a las empresas que los contratan. Porque cuando un camión y un turismo se encuentran, las estadísticas ya nos han enseñado quién sale perdiendo siempre.
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