La Dirección General de Tráfico acaba de activar 33 nuevos radares en carreteras de once comunidades autónomas, una advertencia silenciosa para esos momentos de despiste en los que el pie se vuelve más pesado de lo debido. Porque estos dispositivos no solo multan: recuerdan, avisan y, sobre todo, colocan el foco donde más se necesita.
No es la noticia del año, desde luego. Que la DGT instale radares ya no sorprende a nadie. Pero detrás de esta actualización del mapa del control velocimétrico hay una intención clara: llegar a esos rincones de la red viaria donde la vigilancia se relaja y, con ella, la atención del conductor. Porque no se trata solo de cazar infractores, sino de generar un efecto disuasorio permanente. Y estos 33 nuevos puntos, 20 fijos y 13 de tramo, han sido elegidos con ese preciso propósito: recordarnos que las normas no se suspenden aunque el paisaje invite a la confianza.
La geografía de estos nuevos dispositivos abarca once autonomías, desde Andalucía hasta Galicia, pasando por el Mediterráneo y el interior peninsular. Pero si hablamos de concentración, Madrid y Ávila se llevan la palma, con cuatro nuevos puntos de control cada una. Les siguen de cerca Alicante y Cantabria, que estrenan tres. Son provincias muy distintas, con tipos de vía muy diferentes, pero con un denominador común: tramos donde la velocidad deja de ser una cifra y se convierte en un hábito roto.
Como ya es costumbre, estos radares llegan con un período de cortesía de cuatro semanas. Durante este mes de gracia, los conductores que sean captados superando los límites no recibirán una multa, sino una carta informativa que les advertirá del exceso cometido. Una especie de aviso amistoso antes de que la mano se convierta en guante de sanciones que pueden oscilar entre los 100 y los 600 euros, con pérdida de puntos incluida. Una advertencia que, bien mirada, es casi un favor.
Porque más allá de la sanción económica, lo que estos nuevos dispositivos persiguen es algo mucho más profundo: cambiar la conducta al volante. La DGT lo sabe: muchos conductores conocen la ubicación de los radares, pero en determinados contextos —una carretera despejada, un tramo conocido, un momento de rutina— se olvidan de que la vigilancia sigue ahí. Y en ese olvido es donde nacen los sustos, los frenazos y, a veces, los accidentes. Estos 33 nuevos puntos vienen a tapar precisamente esas grietas de atención.
En un país donde la velocidad inadecuada sigue siendo una de las causas recurrentes de siniestralidad, cada nuevo radar es un recordatorio incómodo pero necesario. No se trata de perseguir al conductor, sino de protegerlo de sus propios descuidos. Porque al final, como repiten una y otra vez los expertos en seguridad vial, lo que realmente mata no es la multa, sino el exceso de confianza. Y estos 33 nuevos dispositivos están ahí, en esos rincones donde más nos relajamos, para demostrarlo.
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