La utopía de un tren que solo emite vapor de agua es ya una realidad en tres continentes. Lo que comenzó como un experimento técnico en Alemania se ha convertido en una carrera global por descarbonizar el ferrocarril.
Desde las montañas alpinas de Italia hasta el desierto de California, pasando por la vasta red ferroviaria rusa, el año 2026 se perfila como el ejercicio en el que el hidrógeno verde deja de ser una promesa para convertirse en una alternativa tangible al diésel, especialmente en aquellas líneas donde la electrificación con catenaria resulta inviable.
El origen de esta transformación se remonta a 2018, cuando el fabricante francés Alstom puso en circulación los primeros Coradia iLint en Baja Sajonia (Alemania) .
Aquellos trenes, impulsados por pilas de combustible de hidrógeno de Cummins, demostraron que era posible recorrer más de 100 kilómetros con cero emisiones, utilizando la misma infraestructura que los vetustos trenes diésel .
Este hito sentó las bases tecnológicas para los proyectos que hoy vemos madurar. El principio es siempre el mismo: una pila de combustible combina hidrógeno con oxígeno para generar la electricidad que alimenta los motores, un proceso químico cuyo único residuo es agua, lo que convierte a estos convoyes en gigantes silenciosos y respetuosos con el medio ambiente .
Europa mantiene su liderazgo y en 2026 asiste a la consolidación de proyectos estratégicos. Un ejemplo claro es Italia, donde este año entran en funcionamiento los primeros trenes de hidrógeno en la región alpina de Valcamonica.
La empresa de transporte FNM ha adquirido 14 trenes Coradia Stream para reemplazar las viejas unidades diésel en un recorrido de 68 millas. La decisión no es casual: electrificar este tramo montañoso habría costado casi 500 millones de dólares, una inversión muy superior a la apuesta por el hidrógeno, que además se producirá in situ mediante electrolizadores alimentados con energías renovables
. Este modelo de autoproducción podría ser la clave para abaratar los costes de un combustible que, por ahora, sigue siendo el talón de Aquiles de la tecnología.
Mientras tanto, España, aunque con un perfil más bajo, acumula kilómetros de experiencia gracias al proyecto FCH2RAIL. El prototipo, un tren híbrido bimodal capaz de alternar entre catenaria e hidrógeno, ha superado ya los 10.000 kilómetros de pruebas en las redes de Adif, demostrando su valía en un país con un alto porcentaje de vías electrificadas pero donde aún quedan «nichos» estratégicos que descarbonizar, como las líneas rurales o las maniobras en puertos .
Empresas como Talgo ya trabajan en el siguiente paso: llevar la tecnología del hidrógeno a la alta velocidad, un reto que requiere una potencia hasta ahora inédita en este tipo de trenes .
El salto cualitativo de 2026 no solo se mide en Europa. Estados Unidos ha estrenado su primer tren de pasajeros de hidrógeno, el ZEMU, que desde septiembre de 2025 opera en la línea Arrow, conectando Redlands con San Bernardino, en California. Con una inversión de 23 millones de dólares por unidad, este tren no solo mejora la calidad del viaje, sino que se integra en los estrictos planes climáticos de la región, demostrando que la tecnología es viable también en el competitivo mercado norteamericano -8. Lejos de allí, Asia acelera a dos velocidades distintas: mientras India presume de haber desarrollado el motor de hidrógeno más potente del mundo (1200 CV), que empezará pruebas en la ruta Jind-Sonipat, Rusia ha comenzado en marzo de 2026 el ensamblaje de su primer tren de hidrógeno en la planta de Demikhovsky, adaptado a su ancho de vía de 1520 mm y destinado a circular en la isla de Sajalín .
A pesar del optimismo, el camino del hidrógeno no está exento de desafíos. Su eficiencia energética (del pozo a la rueda) es muy inferior a la de la electrificación directa, y el coste del hidrógeno verde sigue siendo elevado, rondando los 16 dólares por milla en el caso italiano, una cifra que solo se justifica si se evita la inversión masiva en catenarias .
Sin embargo, la tendencia es clara. La combinación de tecnologías híbridas (batería + hidrógeno), el frenado regenerativo y el abaratamiento previsto de los electrolizadores están allanando el terreno. El año 2026 será recordado como el momento en que el tren de hidrógeno dejó de ser una rareza técnica para convertirse en una pieza clave del puzzle ferroviario global, demostrando que el futuro del transporte público no solo es eléctrico, sino también, en gran medida, gaseoso y limpio.
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