La prisa del caminante, y el espacio que ha dejado de ser suyo…
Parece el argumento de una sátira urbana, pero es real: desde enero de 2026, Eslovaquia ha impuesto un límite de velocidad de 6 km/h para los peatones en sus aceras. La medida, inédita en Europa, nos hace sonreír al imaginar radares midiendo el ritmo de un viandante apresurado, pero también invita a una reflexión seria. En un mundo donde el espacio público es cada vez más disputado, ¿se trata de una solución absurda o de un síntoma de un problema real? La norma eslovaca, aunque difícil de aplicar, revela la creciente tensión en nuestras aceras, donde el paseo tradicional compite con patinetes eléctricos y bicicletas que las invaden.
Analicemos los números: una persona sana entre 18 y 50 años camina a una velocidad promedio de 4 a 6 km/h, por lo que, en teoría, la mayoría no infringiría el límite. El verdadero objetivo de la ley no es el caminante común, sino aquellos comportamientos que generan conflictos: corredores urbanos, personas que atraviesan aglomeraciones a la carrera o, sobre todo, la convivencia con vehículos de movilidad personal. Aquí reside el primer punto ciego: la medida parece querer resolver un problema de convivencia entre actores distintos (peatones vs. vehículos ligeros) penalizando al más lento, en lugar de definir claramente por dónde debe circular cada cual.
El absurdo burocrático brilla cuando intentamos visualizar su aplicación práctica. ¿Dispondrán los agentes de radar en mano? ¿Tendremos apps que nos alerten si superamos el ritmo? Resulta casi humorístico pensar en la multa perfecta: “Señora, iba usted a 6.5 km/h huyendo de un autobús que no frenaba”.
La situación recuerda a la anécdota del informático Esteban y su smartphone hiperoptimizado: en nuestra obsesión por medir y controlarlo todo, incluso el acto más natural, caminar, se vuelve objeto de regulación excesiva. La modernidad, a veces, nos lleva a soluciones tan tecnificadas como ridículas.
He imaginando el futuro que sugiere esta ley: ¿acabaremos llevando cuentakilómetros en el zapato? ¿Habrá «radares de suela» camuflados en los adoquines? El absurdo nos ayuda a cuestionar: en lugar de multar al peatón por su prisa legítima, ¿por qué no rediseñamos las calles para que esa prisa no sea un peligro ni una molestia?
Más allá de la anécdota, la norma eslovaca pone el dedo en la llaga de un problema genuino en muchas grandes ciudades, incluidas las españolas. El peatón, el eslabón más débil de la movilidad urbana, “siempre lleva la de perder”, no por exceso de velocidad, sino por la invasión de su espacio y la falta de protección real.
En lugar de límites de velocidad pintorescos, lo que se necesita es una clara diferenciación normativa entre vehículos (bicis, patinetes) y peatones, con espacios bien delimitados y seguros para estos últimos.
En conclusión, la medida es más un performance legislativo que una solución efectiva. Sin embargo, su valor reside en haber logrado lo que quizás pretendía: abrir el debate y llamar la atención sobre la caótica convivencia en las aceras.
Divertámonos con lo surrealista de multar por caminar rápido, pero no perdamos de vista el fondo: la necesidad de diseñar ciudades para las personas, donde el peatón pueda desplazarse con seguridad, tranquilidad y, sí, a la velocidad que su prisa o su paseo le permitan, sin competir con ruedas motorizadas.
Al final, el verdadero disparate no es la prisa del caminante, sino tener que legislarla porque el espacio que le corresponde ha dejado de ser suyo.
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