El rugido de los motores que construyeron un país, nos llevan de la mano en una historia que no olvidamos, es parte del linaje industrial de la nación.
En la España del siglo pasado, marcada por la autarquía y el posterior desarrollismo, el paisaje industrial y de carreteras no puede entenderse sin los camiones que vieron la luz en sus fábricas.
Lejos de ser meros vehículos, los Pegaso, Barreiros y Ebro fueron los protagonistas de una epopeya tecnológica y empresarial que transformó la economía nacional.
Eran tiempos de aislamiento y necesidad, donde la capacidad de crear un vehículo pesado desde cero o con ingeniosas adaptaciones era casi un acto de soberanía industrial. Estas máquinas no solo transportaban mercancías, sino que llevaban sobre sus bastidores el peso de un país que buscaba modernizarse a toda costa.
La historia arranca con Pegaso, el caballo alado de la industria pública. Nacida en 1946 de las cenizas de Hispano-Suiza bajo el paraguas del INI, la Empresa Nacional de Autocamiones (ENASA) tenía una misión casi patriótica: proveer de vehículos industriales a una nación bloqueada.
Su primer modelo, el conocido como «Mofletes», dio paso en 1947 al Pegaso II, sentando las bases de una marca que se convertiría en un estandarte . Modelos como el Pegaso Comet, fruto de la colaboración con la británica Leyland, destacaron por su robustez y fiabilidad, convirtiéndose en la espina dorsal del transporte español durante décadas. Eran camiones duros, pensados para carreteras difíciles y una mecánica que priorizaba la solvencia sobre el lujo.
Sin embargo, el monopolio público tuvo pronto un contrapunto privado de la mano de un genio autodidacta: Eduardo Barreiros. Este empresario gallego, partiendo de un taller familiar, revolucionó el motor diésel con un ingenioso sistema para transformar motores de gasolina, dando vida a Barreiros Diésel S.A. en 1954 .
Sus camiones, como el mítico Azor o el Super Azor, irrumpieron en el mercado con una fiabilidad y un precio competitivo que desafió el liderazgo de Pegaso .
Barreiros representaba el ímpetu del capitalismo industrial en un entorno hostil, y sus vehículos, de mecánica sencilla y noble, se ganaron el favor de los transportistas que necesitaban herramientas de trabajo infalibles .
La tercera pata de este trípode industrial la constituyó Ebro, una marca que emergió en 1954 tras la nacionalización de las antiguas factorías de Ford en Barcelona, dando lugar a Motor Ibérica .
Si Pegaso era la enseña pública y Barreiros el emprendedor combativo, Ebro representaba la adaptación y la diversificación. Sus primeros modelos bebían directamente de la tecnología Ford británica, como el Thames Trader, pero pronto se expandieron absorbiendo otras empresas como Fadisa o Avia.
Esta estrategia les permitió ofrecer un catálogo amplísimo, desde furgonetas como la F-100 hasta camiones medios como el B-35, que se adaptaban como un guante a las necesidades del pequeño comercio y la agricultura .
Característicamente, estos vehículos compartían un ADN común: la sencillez y la fortaleza. Eran camiones con potencias que hoy nos parecerían irrisorias, a menudo entre 90 y 170 CV, pero que movían toneladas de carga por puertos de montaña gracias a multiplicidades de marchas y reductores .
Conducirlos era todo un arte; el famoso Pegaso 1060 «palanquero» obligaba a manejar dos palancas de cambios simultáneamente para obtener las ocho relaciones de su transmisión . La ergonomía era casi inexistente, pero la mecánica, en su mayoría de origen propio o bajo licencias muy adaptadas, permitía que cualquier mecánico de pueblo pudiera repararlos con herramientas básicas.
La década de 1960 fue la edad de oro de esta competencia tripartita. Pegaso, con modelos como el 3046, Barreiros, con su alianza con Chrysler que dio paso a los Dodge, y Ebro, con su crecimiento sostenido, no solo abastecían el mercado interno, sino que comenzaron a mirar a los mercados exteriores .
Esta pugna tecnológica y comercial fue el caldo de cultivo que modernizó las carreteras españolas. Sin embargo, el final del siglo trajo consigo la cruda realidad de la globalización. La entrada de España en la CEE y las gigantescas inversiones necesarias para competencia hicieron insostenible el statu quo.
El desenlace es bien conocido por los aficionados: Barreiros fue absorbida por Chrysler y luego integrada en PSA; Pegaso sucumbió en 1990 ante la italiana Iveco, cerrando su producción en 1995 ; y Ebro, tras caer en manos de Nissan en los años 80, vio diluida su marca .
Fue el fin de una época en la que los camiones tenían nombre propio y acento español. Hoy, mirar atrás y recordar el Pegaso Comet, el Barreiros Azor o el Ebro B-45 es más que un ejercicio de nostalgia. Es reconocer el valor de una industria que, con más ingenio que medios, supo construir los vehículos que literalmente transportaron a España desde la posguerra hasta la modernidad.
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