El mantenimiento de las carreteras y vías de comunicación constituye un piel fundamental para el desarrollo económico de cualquier territorio.
Una red vial en óptimas condiciones no solo facilita el intercambio comercial eficiente, permitiendo que las mercancías lleguen a su destino en los plazos estipulados, sino que también actúa como un escudo protector para los profesionales del volante.
Cuando el asfalto presenta deficiencias, se multiplican los riesgos de accidentes de tráfico, se incrementa el desgaste de los equipos y flotas de transporte, y se compromete la rentabilidad de las empresas. Por ello, garantizar la conservación de estos ejes logísticos es sinónimo de competitividad económica y de responsabilidad social para con los conductores.
En este contexto, la Federación Valenciana de Empresarios del Transporte y la Logística (FVET) ha alzado la voz para denunciar el déficit crónico que sufre la red viaria de la Comunidad Valenciana.
Según la patronal, el abandono de las carreteras es equiparable al del ferrocarril, generando un cóctel peligroso de inseguridad vial y sobrecostes operativos.
Carlos Prades, presidente de FVET, ha sido tajante al señalar que, aunque la comunidad necesitaría una inversión anual de 200 millones de euros en conservación, el pasado ejercicio no se alcanzó ni el 50 porciento de esa cifra. Una situación que, lejos de mejorar, se ve agravada por fenómenos sobrevenidos que castigan duramente las infraestructuras.
Las últimas partidas anunciadas por el Estado, que ascienden a 47,3 millones de euros a repartir en tres años para vías como la AP-7 o la N-332, resultan claramente insuficientes a ojos del sector.
Prades lamenta que infraestructuras críticas y ya colapsadas como el Bypass o la V-30 hayan quedado fuera de estos planes de actuación.
Esta falta de previsión y mantenimiento estructural no solo estrangula el día a día del transporte, sino que deja a la red vial valenciana en una posición de vulnerabilidad máxima ante cualquier eventualidad climática.
Y esa eventualidad tiene nombre propio: DANA. Este fenómeno meteorológico, cuyas siglas responden a Depresión Aislada en Niveles Altos, consiste en una masa de aire frío que se separa de las corrientes intensas de la atmósfera y queda rodeada de aire mucho más cálido. Al entrar en contacto con la humedad superficial del Mediterráneo, genera una inestabilidad extrema que provoca tormentas violentas y lluvias torrenciales en pocas horas.
En la provincia de Valencia, el azote de la DANA ha sido un agravante que ha evidenciado la fragilidad de unas infraestructuras ya de por sí debilitadas, dejando una factura estimada que supera los 2 mil 600 millones de euros solo para restaurar los daños en el transporte.
A esta precariedad estructural se suma una carencia histórica que afecta directamente a la calidad de vida de los profesionales: la escasez de áreas de servicio y descanso para vehículos pesados.
Esta ausencia de espacios adecuados dificulta el cumplimiento de los tiempos de conducción y descanso obligatorios, reduce la seguridad durante las operaciones nocturnas y repercute negativamente en la salud física y mental de los conductores.
La falta de estos equipamientos básicos convierte cada jornada laboral en un desafío logístico y humano.
Desde la FVET, integrada en la Confederación Española de Transporte de Mercancías (CETM), la reivindicación es clara y urgente: «queremos un plan de choque para nuestras carreteras, que están colapsadas, en mal estado y con grandes deficiencias».
El transporte por carretera, ya sea de mercancías o de pasajeros, no puede seguir siendo el gran olvidado de las políticas públicas. No en vano, los accidentes de tráfico continúan situándose entre las cinco primeras causas de muerte no natural en España, una lacra que un firme en condiciones y unas infraestructuras resilientes podrían ayudar a combatir eficazmente.
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