La crisis silenciosa que rueda por el asfalto: Europa acelera hacia un precipicio logístico

by Marisela Presa

Imaginen que las carreteras son las arterias del comercio. Ahora imaginen que esas arterias empiezan a colapsar no por tráfico, sino por la ausencia de quien conduzca los vehículos que les dan vida.

 Este no es un escenario distópico, sino la cruda realidad que enfrenta Europa y, con especial crudeza, España.

Tres de cada cuatro toneladas de mercancías, y el 85% de los productos perecederos que llenan nuestros supermercados, viajan en camiones que cada vez tienen más dificultades para encontrar manos en el volante.

La Organización Internacional del Transporte por Carretera (IRU) dibuja un panorama alarmante: un déficit de 3,6 millones de conductores a nivel global, con Europa encaminándose a carecer de un millón de profesionales para 2026. España, por su parte, ya arrastra un agujero de 30.000 plazas sin cubrir, un síntoma precoz de una enfermedad sistémica.

El problema no es coyuntural, sino estructural y demográfico. Estamos presenciando el «jubileo masivo» de una generación que sostuvo el sector. En Europa, la edad media del conductor ronda los 47 años; en España supera los 50, con la mitad de la plantilla por encima de los 55.

 La IRU calcula que unos 3,4 millones de camioneros continentales colgarán el volante en los próximos años, creando un vacío que la cantera es incapaz de llenar. A escala global, menos del 12% de los conductores tiene menos de 25 años; en Europa ese porcentaje se desploma al 5%, y en países como España o Polonia, apenas roza el 3%. El oficio, percibido como sacrificado y con condiciones laborales a menudo duras, no seduce a los jóvenes.

Esta tormenta perfecta —jubilaciones masivas, falta de relevo y un auge imparable del comercio online que dispara la demanda— amenaza con convertir la escasez en colapso.

Si no se actúa de forma decidida, las previsiones se oscurecen aún más: para 2028, el déficit global podría superar los siete millones.

Umberto de Pretto, secretario general de la IRU, ya ha lanzado una advertencia severa: «Esta bomba de relojería demográfica explotará», lastrando el crecimiento económico y la competitividad. El resultado inmediato que vislumbran los transportistas son rutas fantasma, entregas crónicamente retrasadas y una presión insostenible sobre los costes del transporte, que inevitablemente se trasladarán a los precios finales.

Frente a este abismo, las respuestas institucionales parecen, por ahora, insuficientes.

Algunos gobiernos, como el español, han empezado a mover ficha con ayudas de hasta 3.000 euros para obtener los permisos C y D (camión y autobús). Un parche loable pero claramente incapaz, por sí solo, de revertir una tendencia de tal magnitud.

El núcleo del dilema está en la profesión en sí: estudios sectoriales, como el de la plataforma TDRJobs, indican que la rotación de conductores se debe principalmente a la demanda de mejores salarios (24,3%) y condiciones laborales (22,1%). Atraer nuevo talento exige reinventar el oficio, mejorando la conciliación, la seguridad y la imagen social de un trabajo que es, literalmente, el sustento de nuestras cadenas de suministro.

La perspectiva para 2026 es, por tanto, de incertidumbre creciente. No se vislumbra un punto de inflexión que corrija el desequilibrio a corto plazo. En cambio, se avizora una era de tensión logística constante, donde la resiliencia de las economías dependerá de su capacidad para hacer más atractiva la profesión, impulsar la intermodalidad (combinar tren y camión) y digitalizar los procesos para optimizar recursos.

España, con su estratégica posición como puerta sur de Europa y un sector agroalimentario pujante, es particularmente vulnerable si no logra poner freno a su sangría de profesionales.

El camión sigue siendo, y lo será durante décadas, la columna vertebral de nuestro modelo de consumo. Sin embargo, esa columna muestra síntomas graves de artrosis.

La crisis de los conductores es mucho más que un problema sectorial; es un test de estrés para nuestra forma de vida. Nos enfrentamos a una elección clara: actuar con decisión para revalorizar un oficio esencial o aceptar que el flujo de bienes que damos por sentado puede empezar a fallar, con consecuencias que resonarán en cada estante vacío y en cada factura que paguemos.

 El camino hacia 2026 está pavimentado de buenas intenciones, pero urge pisar el acelerador de las soluciones.

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