Mujeres al volante: La asignatura pendiente del transporte pesado en Europa

by Marisela Presa

Un desierto de presencia femenina en las carreteras europeas

En las autopistas que surcan Europa, los camiones de gran tonelaje son el paisaje habitual, pero hay algo que rara vez se ve al volante de esos gigantes del asfalto: mujeres.

Los datos son contundentes y reflejan una realidad que persiste década tras década. Apenas un 3 por ciento de los conductores de camión en el continente europeo son mujeres, una cifra que en España se desploma hasta un alarmante 2 por ciento, según refieres varias publcaciones digitales

 De los aproximadamente 250.000 chóferes profesionales que mantienen en movimiento la economía española, solo 5.000 son mujeres. Un desequilibrio que, lejos de ser una anécdota estadística, se ha convertido en un problema estructural que el sector lleva años intentando comprender y, sobre todo, revertir.

Si ampliamos el foco al contexto europeo, el panorama no mejora sustancialmente. Según los datos facilitados por la Organización Internacional del Transporte por Carretera (IRU), la media continental se mantiene estancada en ese exiguo 3 por ciento, con excepciones muy puntuales que apenas consiguen elevar la media. Italia lidera la escasa representación femenina con un 7por ciento, seguida de Alemania con un 5por cinto. Porcentajes que resultan aún más llamativos cuando se comparan con la presencia global de mujeres en el sector del transporte y la logística, donde alcanzan entre el 22  y el 26 por ciento  de la plantilla.

 La paradoja es evidente: las mujeres trabajan en el sector, sí, pero lo hacen mayoritariamente en oficinas, departamentos de administración, marketing o recursos humanos, mientras que los volantes de los vehículos pesados continúan siendo un coto casi exclusivamente masculino.

¿Qué explica esta resistencia del asfalto a incorporar talento femenino? Las propias conductoras y los estudios del sector coinciden en señalar varios factores determinantes. El primero y más acuciante es la falta de infraestructuras adecuadas.

 En España, con una red de 15.000 kilómetros de carreteras, apenas existen treinta áreas de descanso que puedan considerarse seguras, confortables y dignas para los transportistas. La realidad cotidiana obliga a los conductores a pernoctar en gasolineras o polígonos industriales, lugares donde se concentran el 75 por ciento de los robos de carga o combustible y donde, según denuncian los propios chóferes, se producen agresiones físicas que han sufrido el 21 por ciento  de los profesionales europeos. Unas condiciones que, para las mujeres, multiplican la sensación de vulnerabilidad y se convierten en un factor disuasorio de primer orden.

Junto a la inseguridad, emerge con fuerza otra dificultad: la imposibilidad de conciliar vida laboral y familiar. Las largas jornadas, los días enteros lejos del hogar y la imprevisibilidad de los horarios convierten el volante en una profesión especialmente hostil para quienes desean mantener una vida personal activa.

 La gran mayoría de mujeres, según reflejan los estudios, prefieren sacrificar ingresos antes que renunciar a su vida familiar. A esto se suma el complejo y costoso acceso a la formación. Obtener los permisos necesarios —carnet C, C+E y el Certificado de Aptitud Profesional— requiere aproximadamente un año de preparación y una inversión económica que oscila entre los 4.000 y los 6.000 euros.

Una barrera económica nada desdeñable que, aunque afecta por igual a hombres y mujeres, impacta con más fuerza en un colectivo que ya parte de una posición de desventaja social y laboral.

La escasa presencia femenina en el transporte pesado no es solo una cuestión de justicia social o de igualdad de género. Es, ante todo, un problema económico de primera magnitud. En España, el sector arrastra un déficit de aproximadamente 15.000 conductores profesionales, una carencia que a nivel europeo se dispara hasta los 400.000 puestos sin cubrir, según la consultora Transport Intelligence.

 La situación se agrava si se tiene en cuenta el alarmante envejecimiento de la plantilla actual: solo uno de cada cuatro conductores en España es menor de 50 años, lo que significa que en apenas una década se perderá más del 30 por ciento de la fuerza laboral por falta de relevo generacional.

Ramón Valdivia, secretario general de la Asociación del Transporte Internacional por Carretera (ASTIC), lo expresa con claridad: «Nuestro sector debería aprovechar el enorme potencial que tiene de crecimiento y de generación de empleo para ser capaz de hacer atractiva esta profesión también para las mujeres».

Afortunadamente, algo parece estar moviéndose en el sector. Conscientes de la necesidad de atraer talento femenino, están surgiendo iniciativas específicas para derribar las barreras de entrada. Programas como WoMAN, impulsado por el fabricante de camiones MAN, ofrecen becas que cubren gran parte del costo de formación para mujeres que deseen obtener los permisos profesionales.

Paralelamente, la visibilidad de conductoras que ya ejercen la profesión está ayudando a romper estereotipos ancestrales. Nombres como Virginia Simona, conocida en redes sociales como @virgi.camionera.spain, o Rodica Magherut, primera conductora de la empresa navarra Jaylo, se convierten en referentes que demuestran que el volante de un tráiler también puede ser cosa de mujeres. A ellas se suman redes de apoyo como la Red de Mujeres en Logística y Tecnología de ALICE, que impulsan programas de mentoría y crean espacios de colaboración para fomentar el liderazgo femenino en el sector.

El transporte pesado europeo se enfrenta a una encrucijada. La escasez de conductores amenaza la sostenibilidad de un sector que constituye el eje vertebrador de la actividad económica del continente. Al mismo tiempo, miles de mujeres permanecen al margen de una profesión que podría ofrecerles estabilidad laboral y salarios dignos, pero que las excluye de facto por unas condiciones de trabajo y unas infraestructuras pensadas mayoritariamente para hombres. La Unión Europea ha comenzado a tomar cartas en el asunto con inversiones millonarias —20 millones de euros a través del programa ‘Conectar Europa’, ampliables hasta 120 millones— para crear áreas de descanso seguras y certificadas. Pero la transformación no será solo cuestión de infraestructuras. Requiere un cambio cultural profundo que haga del transporte un espacio hospitalario para las mujeres. Solo así, quizás dentro de unos años, podamos mirar a la carretera y ver que la presencia femenina al volante de un camión ha dejado de ser una excepción para convertirse en una estampa cotidiana. El motor del transporte europeo necesita, más que nunca, que las mujeres se pongan al volante.

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