España elige el «todo vale» tecnológico: ¿estrategia pragmática o dispersión de esfuerzos en la carrera por descarbonizar el transporte?

by Marisela Presa

En un momento donde gran parte de Europa debate si centrarse en la electrificación masiva, España ha puesto sobre la mesa una carta diferente: la neutralidad tecnológica. Este principio, defendido a capa y espada por su industria en un reciente foro en Madrid, no es una mera declaración de intenciones, sino un posicionamiento estratégico. Se presenta como la fórmula para descarbonizar sin destruir competitividad ni empleo, abrazando desde los biocombustibles y el hidrógeno hasta los e-fuels y, por supuesto, la batería eléctrica. La apuesta es clara: no cerrar ninguna puerta y que sea la eficiencia y la adaptación a cada sector -marítimo, aéreo, pesado por carretera- la que decida el ganador.

Este enfoque, sin embargo, va más allá de la ecología y toca la fibra económica. Lo que subyace es una defensa férrea del potente tejido industrial y energético nacional. Empresas como Repsol, Enagás, Talgo o Navantia ven en esta transición múltiple una oportunidad para capitalizar sus capacidades existentes, desde las refinerías hasta los astilleros, reconvirtiéndolas antes que sustituyéndolas. Es una narrativa poderosa: la descarbonización como motor de inversión y valor añadido para la «Marca España», evitando una transición traumática que deje atrás activos y know-how.

Los ejemplos concretos abundan en el debate. Para el transporte pesado, se presenta el biometano como solución «aquí y ahora». Para la aviación, los combustibles sostenibles (SAF) aparecen como el único puente viable a medio plazo.

En el mar, Wärtsilä pone el acento en la eficiencia operativa como primer paso. Y en todos lados, el hidrógeno y sus derivados suenan como la promesa a largo plazo. Incluso se exhibió un camión de pila de combustible, demostrando que las alternativas cero emisiones ya son una realidad tangible más allá de la batería.

Pero esta estrategia de múltiples vías tiene una condición indispensable, repetida como un mantra por todos los actores: la necesidad urgente de un marco regulatorio estable y señales claras del gobierno.

La industria pide certezas para invertir a gran escala. ¿Cómo se incentivará cada tecnología? ¿Qué mezclas obligatorias se establecerán para los combustibles renovables? La transición ordenada que predican depende, en última instancia, de que la política abandone la ambigüedad y trace un mapa de ruta detallado y creíble.

El riesgo de este pragmatismo tecnológico es la dispersión. Algunos críticos podrían argumentar que apostar por todo podría ralentizar la masificación de la solución más eficiente en cada ámbito.

No obstante, España, con este discurso, se erige como un laboratorio a escala real. Su apuesta sugiere que el camino hacia la descarbonización no será una recta con una sola meta, sino una compleja red de soluciones entrelazadas. El éxito se medirá no solo en toneladas de CO2 evitadas, sino en si logra convertir esta complejidad en una ventaja industrial para la próxima década.

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