En las vísperas del seis de enero, cuando el frío de la noche se acurruca contra las ventanas, una caravana muy especial surca las carreteras. No son estrellas fugaces lo que cruza el cielo, sino el destello de luces LED recorriendo la autopista.
Son los camiones de carga, transformados en majestuosos trineos con planchas de madera pintada, cubiertos de brillantina y decorados con guirnaldas luminosas. Sus remolques, rebosantes de juguetes y esperanza, no van hacia el Polo Norte, sino hacia cada barrio y cada pueblo, convertidos en talleres mágicos sobre ruedas.
Al volante de estos pesados trineos modernos, los conductores lucen barbas postizas de algodón y mantos bordados sobre sus chalecos reflectantes.
Melchor, con su corona un poco torcida, cambia las marchas con un guante dorado; Gaspar consulta el GPS en su tableta con aire sabio; y Baltasar, con una sonrisa blanca en la noche, lleva el ritmo con la radio, que sintoniza villancicos entre las noticias del tráfico. Son héroes anónimos que, por una noche, intercambian sus nombres de pila por los de reyes legendarios, y su ruta de logística por un viaje estelar.
El viaje no está exento de contratiempos. Una niebla espesa cae sobre la carretera, como si el mismo invierno quisiera probar su fe. Un camión, con su nariz de trineo iluminada, tiene un pinchazo en la autovía A-6. Pero, cual magia moderna, aparece un equipo de auxilio en carretera vestido de pajes reales, cambiando el neumático con una eficiencia digna de la mejor corte.
La carga de regalos está a salvo, y la caravana prosigue, porque cada parada, cada entrega, es una promesa que debe cumplirse antes del amanecer.
Al llegar a las ciudades, la magia se despliega en silencio. Los grandes camiones se convierten en sombras furtivas y generosas.
De sus entrañas metálicas, los conductores-reyes extraen paquetes que depositan en portales, creando pequeños oasis de ilusión junto a los buzones. Ven las ventanas oscuras de los niños que duermen y sonríen bajo sus barbas, sabiendo que al despertar, el asfalto gris se habrá transformado, por unas horas, en un camino cubierto de papel de regalo y cinta adhesiva.
Cuando el primer rayo del sol roza las antenas de los edificios, la caravana se disuelve. Los camiones, ya sin su disfraz de trineo, regresan a sus hangares, y los conductores, cansados pero con los ojos brillantes, guardan sus coronas hasta el próximo año. No dejan huellas de camellos en la nieve, sino de neumáticos en la carretera.
Pero la felicidad que transportan desde muy lejos es la misma de siempre: la certeza de que, en un mundo a veces gris, la generosidad aún viaja disfrazada, incluso en un tráiler de dieciocho ruedas.
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