La estadística que grita: 58.000 razones para confiar en la señalización

by Marisela Presa

La noticia del radar de Navarra que ha multado a 57.961 conductores en 2025 suele leerse como un récord de sanción o un debate sobre recaudación. Pero hay que escuchar el mensaje urgente que ocultan esos datos: es el grito de alarma de un punto kilométrico donde la física y la geometría de la vía se conjuran contra el descuido.

Cada una de esas decenas de miles de detecciones no es solo una infracción administrativa; es la constatación tecnológica de un riesgo ignorado, de una señal de tráfico desoída. Lejos de ser una «trampa», este dispositivo es el testigo implacable de un peligro real y presente.

Como conductora, parto de una base fundamental: la señalización vertical y horizontal es la materialización en la carretera de un estudio riguroso de ingeniería de tráfico. Los especialistas no colocan un límite de velocidad por capricho, sino tras analizar la curvatura, la pendiente, la visibilidad y la siniestralidad histórica.

El tramo 128 de la A-15 en Navarra, con su pronunciada bajada hacia el valle de Leitzaran, es el ejemplo perfecto: una pendiente que, de forma silenciosa y traicionera, acelera los vehículos. El límite ahí no es una sugerencia, es la velocidad calculada para mantener el control.

Por eso, la elevadísima cifra de multas –una media de casi 160 diarias– no habla de un afán recaudatorio, sino de un fallo colectivo en la atención y el respeto a ese diseño técnico salvavidas.

Muchos de los sancionados alegarán que no se percataron, que fue un despiste o que se dejaron llevar por la inercia. Sin embargo, precisamente en un tramo tan complejo, el «despiste» es el preludio del accidente. La conducción exige vigilancia activa, y cumplir el límite en una pendiente peligrosa no es opcional; es un imperativo ético hacia uno mismo y hacia los demás.

Estas multas, en esencia, están llamadas a salvar vidas. Son la consecuencia pedagógica –y a veces dolorosa– de haber traspasado una línea de seguridad. El radar actúa como un recordatorio de hierro: en ese punto concreto, superar la velocidad establecida es aumentar exponencialmente la probabilidad de perder el control, especialmente cuando la carretera gira y la gravedad empuja. No se multa la velocidad; se sanciona la vulneración de un umbral que separa la circulación segura del riesgo inminente.

El debate público suele oscilar entre la seguridad y la recaudación, pero esa dicotomía es engañosa. La verdadera cuestión que plantean estas 58.000 detecciones es: ¿por qué, a pesar de la señalización y de la notoriedad del punto, tantos conductores fracasan en el cumplimiento?

La respuesta no está en la severidad del radar, sino en la relajación de nuestra cultura al volante. La prevención vial no es un concepto abstracto; es el acto concreto de levantar el pie del acelerador al ver una señal restrictiva en una bajada pronunciada.

En definitiva, la historia que nos cuenta el radar más activo de España no es una de persecución al conductor, sino de protección. Es una lección escrita con números: confiar y acatar la señalización, especialmente en los tramos más delicados, es el único seguro de vida infalible.

La ingeniería nos avisa, la norma nos protege y la tecnología nos corrige. Nuestra parte del pacto, como usuarios de la vía, es simplemente obedecer. Porque en la carretera, el conocimiento de los expertos debe traducirse en la responsabilidad de todos. Cumplir lo establecido es, en última instancia, la decisión más racional y solidaria que podemos tomar.

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